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¡Hasta la vista!

Te voy a contar un secreto. Es algo muy personal y que puede levantar ampollas entre algunos amigos y gente de mi entorno. ¿Por qué lo quiero compartir contigo? Porque sé que te va a ayudar.

En el colegio, el instituto y la universidad yo era un poco… a ver cómo lo digo suavemente… una infeliz amargada. Estaba siempre de mal humor, todo me molestaba, mis músculos de la sonrisa no estaban desarrollados, no salía una palabra amable de mi boca, siempre pensaba lo peor de todo el mundo, reclamaba por todo,… Vamos, ¡que hacían cola por estar conmigo!

A mediados de mis 20 empecé a notar el peso de la infelicidad. Fue en el momento en el que empecé a vivir por mi cuenta. Esa etapa que todas las adolescentes estamos esperando con ansia porque “sabemos” que nuestra vida será maravillosa. Yo lo definía como ese momento de liberación en que podré hacer lo que quiera, tener mi casa como quiera sin tener que soportar el desorden de mi hermano, entrar y salir sin tener que decir con quién voy y a qué hora vuelvo, dejar de discutir con mi madre por cualquier cosa,…

Bueno, pues llegó ese momento de emancipación… y aún así no encontraba esa paz por ningún lado. Sí, hacía lo que quería, tenía mi hogar decorado a mi gusto, limpio y ordenado, era mi espacio. Así que ¿dónde estaba esa felicidad que me tenía que dar mi tan ganada libertad? No la veía por ningún lado. Como no discutía con nadie en casa (por suerte, porque vivía sola), tenía más tiempo para . Un día llegó un libro de autoayuda a mis manos y empecé con el desarrollo personal, compré toneladas de libros, leí a muchos gurús expertos en la materia de “ser feliz”.

Entendí que era una decisión

En algún momento de mi tierna infancia decidí comportarme de una manera determinada. ¿Por qué de esa manera y no de otra? Pues ni idea. Solo sabía que actuaba de una manera que no me hacía feliz, quería cambiarla aunque no sabía muy bien cómo (porque era experta en eso) y empecé a investigar. En esa época el coaching no era tan conocido, así que lo hice por mi cuenta. De ahí que tardara tanto.

Para mí empezó a ser muy importante sentirme bien conmigo misma y, la verdad, es que cada vez me sentía peor. Hasta que entendí lo que te decía antes: era mi decisión, mi responsabilidad.

Decidí cambiar

Con todo el miedo que ello conlleva porque claro, yo siempre había sido de una manera y ya me veía grandecita para empezar a cambiar. Además, nadie de mi entorno estaba en esta onda, así que poco a poco empecé a aislarme porque no me sentía cómoda con según quién. Algunas amigas estaban tan acostumbradas a mi yo anterior que frenaban (inconscientemente, creo) cualquier intento de mejora.

Cambié muchas de mis reacciones, empecé a pensar antes de actuar. Decidí contar hasta 10 antes de enfadarme por cualquier cosa. Al principio era horroroso y se me olvidaba, pero cada día iba acortando esos segundos, hasta que a día de hoy me cuesta enfadarme. Me enfado, no creas que vivo en un estado zen permanente. Simplemente intento que mis enfados tengan algún sentido y hacerlo de manera útil (te lo contaré en otro post para no hacer éste demasiado largo).

Decidí centrarme más en lo positivo de la vida, en lugar de en “todo aquello que no estaba como yo quería”. Al principio me forzaba porque la costumbre me llevaba automáticamente a ver lo negativo. Cuando me daba cuenta, paraba y buscaba qué había de positivo.

Los detractores del cambio

Esto no fue bien recibido por algunas personas de mi entorno: “no se puede ser feliz siempre”, “la vida es dura”, “hay situaciones que no tienen lado positivo”,… eran algunos de los comentarios que me hacían, unido a algunas caras de “¿en qué mundo vive?”.

"Un día me armé de valor y sopesé qué era más importante: mi felicidad o estar con esas personas"
¡Hasta la vista!

Notaba que esos comentarios me impedían avanzar al ritmo que quería o, a veces, avanzar y punto. Así que un día me armé de valor y sopesé qué era más importante: mi felicidad o estar con esas personas. No elegí entre estar acompañada o ser feliz. Por primera vez decidí conscientemente ponerme en primer lugar, cuidar de mí, poner límites y elegir cuidadosamente a mis amigos y amigas. Decidí rodearme de personas que me aportaran, que me apoyaran en mi camino (o, como mínimo, que no me obstaculizaran), porque creo que las personas aparecen y desaparecen de nuestra vida para que podamos aprender mutuamente algunas cosas.

A base de “golpes emocionales” también empecé a prepararme para las resistencias que iba a encontrando en mi entorno. Soy yo quien ha tomado la decisión de cambiar, no ellos. Soy yo quien ha elegido este camino y quien está cambiando y ellos, si quieren permanecer en mi vida, tendrán que adaptarse. Así que empecé a comunicar qué estaba haciendo y para qué lo estaba haciendo. Algunos lo aceptaron, otros no.

Ahora que lo pienso, fue un razonamiento bastante simple: “aquí no estoy cómoda y no veo bien la película de mi vida… me cambio de asiento”. ¿Qué era más importante para mí en ese momento: la compañía o la película? Indudablemente, la película de mi vida.

En primera fila

Ése fue mi primer paso. Ponerme en primera fila. Más adelante empecé a protagonizarla y a celebrar mis logros. Solo quiero que entiendas que sin ese primer paso, el de apartarme de la gente que no me sumaba y buscar gente de la que podía aprender y que me apoyaba, no habría conseguido llegar a este punto de mi vida en el que mi objetivo vital es mantenerme en el sendero de la felicidad y ayudar al máximo de personas a llegar a él.

El cambio no es fácil… tampoco imposible. Es doloroso y, a la vez, necesario para crecer.

“¿Quieres cambiar tu futuro? Cambia tu presente” (Si no sabes cómo, te ayudo)

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